Amamos la Luna como amamos la Tierra.
En un mundo donde la desigualdad entre ricos y pobres es cada vez más insultante —como denuncian informes recientes—, donde los intereses de los grandes poderes alimentan el belicismo y la destrucción de vidas, pueblos y territorios, y donde el deterioro ambiental avanza sin freno, se nos presenta, una vez más, la “conquista del espacio” como un gran.
Pero, ¿de verdad lo es?
Los inmensos recursos que se destinan a estas nuevas aventuras espaciales podrían contribuir a garantizar alimento, agua o infraestructuras sanitarias para millones de personas. Podrían aliviar sufrimientos reales, urgentes, cotidianos.
Detrás de esta nueva carrera hacia la Luna, más allá del relato pretendidamente fascinante, existen también intereses tecnológicos, económicos y geopolíticos que no siempre se hacen visibles.
Nosotros no necesitamos conquistar la Luna. Nos basta nuestra relación poética con ella. Nos basta con mirarla y reconocer misterio, belleza y límite.
No queremos llevar la misma lógica de dominación que está hiriendo a la Tierra.
Tampoco compartimos el entusiasmo acrítico con el que muchos medios presentan estas iniciativas, convirtiéndolas en símbolos de un progreso que a menudo olvida sus consecuencias y prioridades.
Lo que reclamamos es otra cosa. Reclamamos responsabilidad política y social. Reclamamos atención a las injusticias reales, a los conflictos abiertos, a las vidas vulneradas.
Porque el verdadero progreso no es llegar más lejos, sino aprender a cuidar mejor lo que ya tenemos.
Y la Tierra —nuestra casa común— todavía espera.
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